Llu Cardinal Mart Llu Cardinal Mart
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Archbishop of Barcelona
Title:
Birthdate:
Apr 29, 1937
Country:
Spain
Elevated:
Nov 24, 2007
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Spanish Homilía
Jan 23, 2008
Homilía del Sr. Cardenal Lluís Martínez Sistach en la toma de posesión de la iglesia de San Sebastián de las Catacumbas (Roma, 20 de enero de 2008).

(arqbcn.org, 23/01/2008) Nos hemos reunido para celebrar la eucaristía dominical en el día del Señor que coincide con la fiesta de San Sebastián, patrono de esta parroquia y con mi toma de posesión de este título de la antigua y bella basílica de San Sebastiano alle Catacumbe. Presido la eucaristía en esta comunidad parroquial con muchísima satisfacción, compartiendo la fe, la esperanza y la caridad con el párroco y comunidad de Padres Franciscanos y con los feligreses.

Esta primera eucaristía que celebro en esta querida parroquia obedece a la bondad y deferencia del Santo Padre Benedicto XVI que en el consistorio del pasado 24 de noviembre me creó cardenal de la Santa Iglesia Romana y me confirió el titulo entrañable de esta basílica y parroquia. Y venido de la antigua y dinámica Iglesia diocesana de Barcelona, estoy celebrando con vosotros la eucaristía que es la fuente y la cima de toda la vida eclesial y cristiana.

La toma de posesión de este título que me ha conferido el Papa es el encuentro de los fieles romanos de esta parroquia conmigo, un “sacerdote romano” al que el Santo Padre me ha asignado esta iglesia como signo de participación a su solicitud pastoral en la urbe. Es bueno que este acto se celebre en el contexto de la celebración de la Santa Misa con la participación de los miembros de la parroquia porque la eucaristía es la principal manifestación de la Iglesia.

Benedicto XVI en la homilía del consistorio afirmó que “con la celebración de hoy los nuevos cardenales quedáis integrados con titulo pleno en la venerable Iglesia de Roma, de la que el sucesor de Pedro es el Pastor. En el Colegio de Cardenales revive así el antiguo ‘presbyterium’ del Obispo de Roma, cuyos componentes al mismo tiempo que desarrollaban funciones pastorales y litúrgicas en las diversas iglesias, le aportaban su preciosa colaboración”.

En la fiesta de San Sebastián, nuestro querido mártir que entregó cruentamente su vida para dar testimonio de la fe cristiana, es pertinente recordar el servicio que el Papa nos exponía a los cardenales, pero que puede aplicarse a todos los cristianos. Benedicto XVI nos dijo en aquel consistorio que “al entrar a formar parte del Colegio de Cardenales, el Señor os pide y os confía el servicio del amor: amor a Dios, amor a su iglesia, amor a los hermanos con una dedicación máxima e incondicional, hasta la efusión de la sangre, como dice la formula para la imposición de la birreta y como muestra el color encarnado de los hábitos que vestís”.

Nuestro patrono, San Sebastián, vivió intensamente y con radicalidad este servicio del amor. Por el bautismo se unió íntimamente con el Señor que por amor a la humanidad murió en la cruz y resucitó. Nació en Narbona en el año 256, pero, según parece, se educó en Milán. Fue soldado del ejercito romano y el emperador Diocleciano, quien desconocía que era cristiano, llegó a nombrarlo jefe de la primera cohorte de la guardia pretoriana imperial. Sebastián no participaba en los sacrificios idolátricos y ejercía el apostolado visitando y alentando a los cristianos encarcelados por Cristo. Fue denunciado al emperador Maximino quien le obligó a escoger entre ser su soldado o seguir a Jesucristo, optando por esta segunda alternativa. Sufrió martirio, condenado a morir asaeteado, pero no murió de la lluvia de saetas que cayeron sobre su cuerpo, sino posteriormente en el año 288, azotado hasta la muerte. Los cristianos recogieron su cuerpo y lo enterraron aquí, en la celebre catacumba que lleva su nombre y que todos nos honramos en tenerle como patrón.

Nuestro querido mártir romano vivió el contenido de la palabra de Dios que hemos escuchado. Él aplicó a su vida las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: “si el grano de trigo, cuando es sembrado, no muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto“. Él comprendió también que “quienes aman su propia vida la pierden, mientras que los que no la aman en este mundo la guardan para la vida eterna”. Porque Sebastián – como el apóstol Pablo – no vivió él, sino que era Cristo quien vivía en él, fruto de aquellas palabras de Jesús pronunciadas después de la multiplicación de los panes: “quien come mi carne y bebe mi sangre está en mi y yo en él”. Ésta intimidad con el Señor le daba plena confianza de tal manera que experimentaba en su vida la verdad que la primera lectura nos ha comunicado: “las almas de los justos están en manos de Dios”. Ésta confianza le permitía vivir, a pesar de las dificultades en el ejercicio de la libertad religiosa y en el peligro de las persecuciones, como Pablo pide a todos los cristianos: “mientras vivimos, vivimos para el Señor y cuando morimos, morimos para el Señor, porque en la vida y en la muerte somos del Señor”.

La vocación cristiana que hemos recibido por el bautismo es una vocación martirial. Somos testigos de Jesucristo y hemos de dar testimonio con nuestra propia vida cristiana y con el anuncio explicito del Evangelio del Señor. Se trata de un martirio incruento, pero nuestro gozoso seguimiento de Jesús nos dispone a dar la sangre si es preciso. Y no tenemos miedo porque estamos en las manos de Dios, nuestro creador y salvador, que nos ama como un Padre y Pablo nos ha recordado hoy que “si tenemos a Dios en nuestro favor, ¿Quién tendremos en contra?... ¿Quién será capaz de alejarnos de Cristo, que nos ama tanto?”, para concluir que “nada del universo creado será capaz de alejarnos de Dios que, en Jesucristo nuestro Señor, ha demostrado que nos ama”.

Por el bautismo hemos optado por el Señor y hemos renunciado a todo lo que nos puede alejara de Él. Jesús nos ha recordado que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Nuestra opción cristiana por el Señor ha de incidir en nuestra vida cotidiana, en nuestras actitudes y decisiones. Se trata de encontrarnos personalmente con Jesús y seguirle para estar con él, ya que, como nos ha dicho el evangelio, si queremos ser sus servidores hemos de seguirle y estaremos donde él está.

Queridos hermanos, hemos de pedir la intercesión de San Sebastián para que mantengamos nuestra identidad cristiana. En medio del creciente ambiente de nuestra sociedad marcada por el positivismo, el relativismo, la indiferencia religiosa y el bloqueo a la trascendencia, los cristianos de convicción y de formación hemos de mantener los valores y los criterios del evangelio. La Iglesia nos ofrece la verdad sobre la vida humana, la persona, la familia y la sociedad que forma parte del humanismo cristiano y de la doctrina social de la Iglesia. Los mártires son los auténticos testigos de la fe y su martirio es fecundo, como granos de trigos que mueren al sembrarse, ya que Tertuliano nos recuerda que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.

En nuestra sociedad existe actualmente una especie de retraimiento vergonzante por parte de los cristianos para manifestarnos con sencillez como tales. ¿Por qué esta situación tan poco “martirial”?. La modernidad ha escindido la vida de las personas entre privada y pública, dejando a la privada el espacio para expresar la subjetividad creyente y otros sentimientos personales como pretende la cultura laicista. Con esta separación, la fe queda recluida en la conciencia, en la privacidad y la vida pública se vacía de símbolos y de resortes espirituales, auténticos generadores de calidad moral y de humanización. Si San Sebastián y todos los mártires se hubieran limitado a reconocer al Señor en el santuario de su conciencia, no habrían corrido peligros, ni hoy celebraríamos su triunfo y su gloria. Y Jesús asegura en el Evangelio: “Por todo aquel que se declare por mi ante los hombre, yo también me declarare ante mi Padre que está en los cielos” (Mt. 10.32).

El mártir cristiano ama la vida y espera intensamente la vida definitiva de la resurrección gloriosa con Cristo. El emperador filósofo Marco Aurelio, molesto por el heroísmo de los cristianos, trató de interpretarlo como fanatismo y gusto por lo trágico; pero se equivocó. El faltaba el secreto del cristianismo: La resurrección de Jesucristo crucificado como fundamento de la esperanza de los cristianos. Sin esa esperanza, puesta de relieve magníficamente por la reciente encíclica del Papa Benedicto XVI, Spe salvi, queda desnaturalizada la Iglesia y el martirio cristiano es incomprensible.

Hemos iniciado entre esta querida parroquia y vuestro servidor unas relaciones eclesiales de comunión y de plegaria. En mi oración estaréis muy presentes; confió siempre en la vuestra. La conciencia de “romanidad” de la Iglesia diocesana de Barcelona ha sido una característica fuertemente enraizada en nuestra tierra. En la profesión de fe, el Credo, en catalán se introdujo en los siglos XVII/XVIII el adjetivo “romana” para calificar a la Iglesia: creemos en la Iglesia santa, católica, apostólica y romana. Este titulo que el Papa me ha confiado en donde se venera la memoria de los apóstoles Pedro y Pablo contribuirá a intensificar nuestra comunión con la sede de Pedro, el Obispo de Roma. A ello hay que añadir que la devoción a San Sebastián, mártir, está muy extendida y son muchas las parroquias en las diócesis de Cataluña que tienen al mártir como patrón.

Y un santo romano, San Felipe Neri, intensifica estas mutuas relaciones. Nuestra basílica forma parte del itinerario de la visita a las Siete Basílicas, práctica que remonta a San Gregorio Magno y que fue revitalizada por San Felipe Neri a partir de 1552. El Oratorio fundado por este santo, en la ciudad de Barcelona tiene una gran tradición de presencia, de colaboración con la diócesis y de formación de las conciencias de numerosos laicos cristianos, religiosos, religiosas y sacerdotes, con el sacramento de la reconciliación y la dirección espiritual.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo de Barcelona
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